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Filosofía en la escuela y la posibilidad de la igualdad en Chile

By admin
In Comunicados
Oct 5th, 2015
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Carolina Ávalos Valdivia
Profesora
Reprofich V Región

La enseñanza de la filosofía está en riesgo. Las proyecciones de la actual reforma de educación y la modificación del currículum de los últimos años de enseñanza media junto con la ausencia de diálogo y de trabajo que ha habido desde el ministerio para con los profesores de filosofía, nos hace temer lo peor: que la filosofía para las y los jóvenes chilenos sea suprimida o relegada a una disciplina optativa.

Más allá de las reivindicaciones gremiales que esta situación pudiese motivar –y, sin querer de ningún modo prescindir de ellas- quisiéramos referirnos al problema filosófico que hay comprometido en este escenario. Esto, porque los profesores de filosofía nos vemos compelidos a interrogarnos sobre nuestra profesión, nuestra práctica y nuestra disciplina en cada reforma, en cada modificación curricular. Entonces, ¿por qué es necesario y urgente, hoy más que nunca, que enseñemos filosofía, al menos, en la educación media?

Partamos de un diagnóstico común: por un lado, nuestra labor se enmarca dentro de un programa de estudio que tiene como objetivo principal la formación en psicología y en ética, de forma que las y los jóvenes chilenos se encontrarían preparados para enfrentar –crítica y reflexivamente- los desafíos que la sociedad les plantea. Por otro lado, está la oferta educativa de Chile: una educación que discrimina por ingresos económicos familiares, una valoración de carreras de educación superior conforme a las necesidades económicas del país, carencia de formación política y cívica que estimule la participación de los estudiantes como integrantes de un colectivo o de una comunidad, etc. Es decir, la filosofía queda reducida a la educación de un ciudadano que sea capaz de formarse una conciencia moral y actuar conforme a ella –habilidad que se puede desarrollar como un objetivo de una clase de religión-, y, al mismo tiempo, capaz de entenderse como un individuo sujeto de procesos psicosociales, elemento que lo facultaría a la comprensión de sí, y, por tanto, a desarrollar ciertas herramientas que le permitan adaptarse a la sociedad. Ecuación perfecta entre lo que demanda el fortalecimiento del sistema actual y lo que se enseña en nombre de la filosofía –que, en parte, fue denominado como objetivos transversales de la educación en la reforma anterior-. Desde aquí nuestras primeras interrogantes:[1]  ¿qué puede hacer la filosofía por la educación? Y, en consecuencia, ¿qué puede hacer la filosofía por el Chile de hoy?

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 Después de la revolución de los pingüinos en el 2006 y el movimiento estudiantil del 2011, nuestro país ha recobrado su capacidad de manifestarse, de levantar sus demandas y posicionarlas –de alguna manera– en la agenda de los gobiernos. Sin embargo, este despertar, junto con el desarrollo de las redes sociales y la creación de diversos centros de investigación, fundaciones, movimientos políticos y sociales, no han bastado para responder a la participación que hoy Chile reclama: la inclusión en la construcción de un país mejor, es decir, tomar parte de las reflexiones, proyecciones, acciones y decisiones que impliquen la formación de un país justo,  democrático y fundado en igualdad. Incluso, todavía podríamos hablar –como en el primer decenio del siglo XXI– de una sociedad despolitizada, puesto que las condiciones sociales y políticas para lograr una verdadera participación resultan absolutamente estériles. De hecho, al estar fundadas, tanto en la herencia de la dictadura –constitución pinochetista–, como en las consecuencias que implica ser un país globalizado, hacen que la práctica política[2], o, derive en una reproducción del modelo, o, en un nuevo montaje globalizante. Esto porque la búsqueda de la igualdad, es decir, la igualdad como un elemento que surge como reflexión necesaria en la post dictadura -como post gobiernos de la transición-, se ha confundido con la homogeneidad que implica y ofrece la globalización y, por otra parte, en cuanto igualdad, se ha propuesto como una meta a alcanzar en un programa de gobierno. De aquí que los discursos que abarcan el tema de la igualdad la hayan convertido en una ficción.

¿Cómo podría intervenir la filosofía en todo esto? ¿Cómo, bajo este escenario, nuestras y nuestros jóvenes podrían tomar conciencia del problema de la igualdad, y por tanto, del otro y de su co-pertenencia a una colectividad común? ¿Bastaría con un maestro-instructor de igualdad? ¿Qué virtudes tiene la filosofía para formar jóvenes comprometidos con la sociedad, es decir, jóvenes que tomen conciencia de las dimensiones prácticas y políticas de todo lo que abarca su cotidianeidad?

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La filosofía puede constituirse como un espacio donde la igualdad sea un punto de partida y la emancipación su motivo. Esto, en la medida en que se entienda que nuestra disciplina “tiene que ver más con el hecho de ignorar y de conocer más que con el de saber y de enseñar”. Porque afirmar la idea que enseñar filosofía es asentarse en programas, conceptos, historia, autores, textos, etc. no hace más que reducirla a una repetición constante y, por lo tanto, a un ejercicio de embrutecimiento. Poner acento en la ignorancia y en el conocimiento, es el punto de partida de lo que Rancière nos ha heredado en el Maestro ignorante para poder llegar a afirmar que la enseñanza de la filosofía puede ser concebida como el momento instituyente de la igualdad. Sin embargo, no se trataría de renuciar a lo ya instituido –de hecho como profesores defendemos el derecho a la filosofía en la escuela y todo lo que ello exige- sino que insistimos en el hecho que la filosofía como interrogación y como voluntad de conocer, permite crear y experimentar la posibilidad de la igualdad. De hecho, defendemos la enseñanza de la filosofía como la instancia que garantiza la igualdad de las razones, donde el profesor “se propone el mismo como libro abierto, paisaje o clase práctica”, construyendo, en conjunto con los alumnos, una instancia de verdadero ejercicio intelectual, esto es, comprometidos con las interrogaciones y las problemáticas que se desprenden de la sociedad. De este modo, enseñar filosofía sería comenzar a preguntarse desde la opinión común –lo que implica un colectivo constituido por alumnos y profesor-, desde una igualdad de inteligencias, es decir, desde la convicción que se cree en el otro y que junto a él y los demás semejantes, se puede transitar hacia un conocimiento verdadero.

[1] Estas interrogantes fueron desarrolladas a partir de las preguntas ¿qué filosofía enseñamos?, y, ¿para qué enseñar filosofía?, por profesores, estudiantes y académicos de filosofía en las Primeras Jornadas por la Defensa de la Filosofía en la Escuela realizadas los días 7 y 8 de agosto de 2015 en el anfiteatro del Liceo José Victorino Lastarria, Santiago. Los acuerdos finales de estas jornadas serán publicados en la Declaración por la defensa de la filosofía en la escuela. 
[2] Entendemos aquí por lo político un lugar teórico y abstracto de una reflexión del poder en general y por la política, no tan solo, la dimensión práctica y, habitualmente controversial, considerada como actividad de hombres y mujeres encantados por el poder, sino que también, como aquella dimensión de nuestra práctica cotidiana que nos instala desde la diferencia y que nos demanda acuerdo.

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